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Carmelo Anaya publicó en el grupo Literatura
El alma de las cosas
El alma de las cosas es un pequeño pueblo subido a una montaña. Su color es blanco al sol y desluce un poco a la luz del invierno. Sus calles son retorcidas, estrechas, empinadas, y por sus costanillas se cuela un aire de invierno que invita a dejar la calle y buscar el calor de las casas. Las casas no eran nada del otro mundo: casas blanqueadas de cal que ocultaban paredes maestras de cemento y piedra que han sido mil veces reparadas, como viejas ropas de calidad muchas veces remendadas. Esconden viejas dependencias de cuadras para animales y rincones ocultos en el vientre de la montaña que resudan humedades como cuevas. Es un pueblo que ya ni se acuerda de cuándo fue importante, de cuándo pudo presumir de disponer de teléfono, de abastecimiento de aguas y de una población seis veces mayor cuando la tierra de su municipio aún era capaz de proveer de riquezas. Se secó su vientre y desde entonces no hay sino sequedad, aspereza, desolación y abandono. Hay quien dice que es un gigantesco geriátrico y por sus calles vacías apenas se ven figuras en las noches de invierno que más parecen fantasmas que personas. Una de cada dos casas está vacía, vacía de habitantes pero ya también vacía de recuerdos. Sus hechuras de otra época las convierten en animales muertos e inútiles que ya nadie quiere.
Pero aún así, como el viento en las noches de invierno, a veces su alma recorre las calles y recobra vida como si no estuviera moribundo y agonizante. Entonces aparecen gentes que te sorprenden, como esos críos cuyos gritos se oyen de pronto, que no se sabe muy bien de dónde han salido, y los ves en el atardecer arrastrar zarzales y arbustos, tal vez algún mueble viejo, y los dejan tirados en la calle, amontonados a la espera de la hora adecuada. Aparecen niños y jóvenes de donde no esperabas encontrar a nadie, todos ajetreados, haciendo algo, colaborando en algo, a la espera.
Y de pronto estalla el fuego y la noche se viste de luces y de reflejos azulados de las llamas. Santa Lucía ha prendido fuego a las hogueras. Y lo que en otras ocasiones podría ser un via crucis solemne se convierte en una fiesta. Y el visitante alucina con la vida nueva que ha brotado en un instante. Las gentes salen de sus casas como animales que acabaran su hibernación. Los críos encienden sus hachos en las lumbres y comienzan a hacerlos girar en círculos que iluminan sus cabezas, que alucinan con sus rastros de luz circulares en la noche. El visitante se acerca a una lumbre. Saluda. Lo invitan a comer las patatas y embutidos que se asan en las ascuas, charla con los dueños de cada lumbre, la más cercana a sus casas, en cuyo alumbramiento han participado. El visitante es acompañado de otros que jamás vieron una fiesta como ésta, que se enamoran de la noche fría cargada de lumbres y hachos. Dejan una lumbre y caminan por las calles buscando la siguiente lumbre y en ésta se repite el ritual. Saludan, hablan, beben, comen. Alrededor, los críos corren con sus hachos. Los pequeños quieren aprender a lucirlos, entre el temor al fuego y el asombro de su belleza. Sus mayores los enseñan con cuidado. Los pequeños brazos hacen girar pequeños hachos. Y en las caras de los críos se ilumina el alma de una fiesta que se perpetuará en sus miradas francas, húmedas, llenas de vida.
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Cada frase me cautiva. Excelente trabajo